Ese bulto oscuro que cruza el dormitorio
Dormitorio del matrimonio Sánchez—Covaleja.
Es de noche. Ambos cónyuges están acostados en la moderna cama de diseño.
A la mujer le cuelga un brazo fuera de la cama. El marido duerme en posición fetal.
Por la ventana abierta se cuela un plateado rayo de luna y un vientecillo leve mueve las cortinas.
De pronto, el marido se despierta. Ha notado algo húmedo en sus ropas. Al principio cree haberse orinado en la cama, como cuando niño. Enciende la luz y comprueba que su pijama está empapado. No hay duda de que es sangre, se dice para sí, asustado. Sangre, ¿de dónde? De él, no, se tranquiliza después de palparse el cuerpo. Entonces, ¿de su mujer? Se vuelve hacia ella, que tiene la cabeza ladeada hacia el otro extremo de la cama. Parece profundamente dormida. Pero no está dormida sino, sorprendentemente, muerta. Tarda en comprobarlo apenas unos segundos. Los suficientes para llamarla, zarandearla un poco, notar sus brazos fríos, su pecho inmóvil del que aún sigue manando un líquido oscuro y viscoso, justo por debajo del esternón. Al cogerle la barbilla y girarle la cara se ha encontrado con unos ojos abiertos que, sin embargo, no lo miran a él. Ni a nada. Ahora el hombre se asusta de verdad. Sudor frío. Pánico. No se escucha ningún ruido. El hombre se queda inmóvil, al acecho. Suenan pasos sordos, cada vez más cerca. El hombre sigue inmóvil, haciéndose el dormido. Alguien ha entrado en la habitación, pero él no lo ve, porque tiene los ojos cerrados. Probablemente muera así, con los ojos cerrados. Piensa rápidamente que tal vez sea lo mejor, lo menos angustioso: no ver la cara de su asesino, ni la hoja del cuchillo cayendo inexorable, hundiéndose con fuerza bajo su piel, no saber nunca el motivo de su muerte, ni siquiera la hora, porque no sabe qué hora es. Pero los pasos pasan de largo, y el hombre se atreve a entreabrir los ojos. Apenas ve un bulto oscuro saltando hacia el jardín por el contraluz de la ventana. Decide no moverse todavía. Tampoco podría, atenazado por la tensión y por el miedo. Pasan unos minutos en que no pasa nada. Su cuerpo se va relajando. Su mente vuelve a funcionar, aunque lentamente y no del todo. Llamar a la policía. En su cerebro se encienden intermitentemente letreros luminosos que dicen LLAMAR A LA POLICIA. Pero el marido de la mujer que ha muerto apuñalada no llama a la policía. Se extasía mirando las cortinas que flotan sobre el río de plata que entra por la ventana y que desagua justo a los pies de la cama, sobre las baldosas blancas y negras.
El marido de la mujer que ha sido asesinada va tomando conciencia de la situación. Intenta serenarse reconstruyendo los hechos que han debido de ocurrir mientras él dormía a pierna suelta. Ese bulto oscuro que él ha visto salir por la ventana es, sin duda alguna, el asesino. Debió de entrar por esa misma ventana, en una hora todavía sin precisar, lo más probable con la intención de robar en este chalé de esta urbanización de clase media alta. Dinero, joyas. Tendrá que comprobar lo que falta. Tal vez fue entonces cuando su mujer se despertó, vio la cara del ladrón, gritó, o quiso gritar, y los nervios del ladrón, o su inexperiencia, le convirtieron fatalmente en asesino. Tras asegurarse de que la mujer estaba irreversiblemente muerta y el hombre profundamente dormido, el ladrón asesino, o el asesino ladrón, recuperó el pulso y decidió no abandonar el botín que había venido a buscar. Tras cogerlo —probablemente en su despacho, donde guarda la caja fuerte—, volvió a salir por la ventana, dejando tras de sí una muerta y un vivo que es como si estuviera muerto, pues seguía dormido. Probablemente no descubrirían su crimen hasta el amanecer, cuando sonase el despertador y el hombre se levantara para ir a su trabajo.
En la mente del hombre vuelven a encenderse avisos luminosos. Que él, sin embargo, desoye. O aplaza, porque prefiere seguir viendo su película con los ojos cerrados. En la película, que es en blanco y negro, aparece un médico, con un guardapolvos gris y una linternita atada a la frente, que certifica la defunción de su esposa. Y se ve a él mismo pensando: si mi mujer está muerta, y yo estoy vivo, entonces...¡es que me he quedado viudo! (en el cine, por lo menos en el cine que a él le gusta, las cosas deben quedar muy claras). Y la película entonces se rebobina hacia atrás, antes de que el bulto negro irrumpiera en su vida para dejarlo viudo, cuando aún su mujer y él no se habían acostado, sino que estaban acabando de cenar en la cocina. Su mujer y él discuten acaloradamente. Harta de la situación. Ella insiste mucho en eso. Harta. Harta. Harta. Podría comprender que se haya enamorado de otra, pero no esa caradura, ese convencionalismo de seguir manteniendo un matrimonio falseado. Está harta, ¿por qué no se va de una vez? Él permanece callado y ella sale de la habitación dando un portazo. Entonces él acaba de cenar, sube a su despacho, enciende el ordenador, trabaja en unos balances. Al principio le cuesta concentrarse, luego el trabajo mecánico lo va sedando hasta que, al cabo de una hora y media, le entra sueño y va al dormitorio, donde su mujer ya duerme, y se acuesta sin hacer ruido ni encender la lámpara. No tarda en coger el sueño porque está muy cansado después de un día que ha sido muy duro. Ya no se despertará hasta sentir la humedad en su pijama.
De modo que está viudo, es decir, libre, o sea, que ya no está casado. Así, repentinamente, y sin él comerlo ni beberlo, termina por fin la embarazosa situación en que se encuentra y que dura desde hace ya más de un año, que le ha obligado a realizar constantemente arriesgadísimos ejercicios de equilibrio entre su mujer y su amante. Una situación enloquecida y angustiosa de la que, según parece, se acaba de liberar. Lamenta, eso sí, la manera en que el destino ha resuelto su problema. Él no le desearía una cosa así ni a su peor enemigo. Siente un viejo afecto por su mujer, aunque ahora no le brotan las lágrimas ni consiga sentirse apenado. Tampoco siente alegría, sino una extraña lucidez. Una lucidez fría como el corte un cuchillo afilado. Por un momento, piensa en coger el teléfono y llamar a su amante, comunicarle el terrible acontecimiento que deja paso libre a sus amores, que ya no tendrán que ser de tapadillo. Pero cae en que primero debe llamar a la policía. Ya sale un patrullero para allí, y una ambulancia, no haga nada, no pierda la calma, le dice una voz grave por el teléfono.
En la comisaría, mientras repasa las fotografías que le enseñan, siente que bisbisean a sus espaldas. Enseguida se encienden las luces de la habitación. “No siga usted buscando, le dice el comisario, la persona que ha matado a su esposa acaba de entregarse y nos lo ha confesado todo. Creo que usted la conoce”.
El hombre que acaba de enviudar reconoce, escoltada por dos guardias de uniforme, a la joven colega que desde hace ya más de un año se ha convertido en su amante. Va vestida con un chándal oscuro, y la cabellera negra le cae sobre la cara, hundida sobre el pecho. Aún consternado y confuso como está, se siente atraído por su perturbadora y trágica belleza. Si, la ama apasionadamente, aunque se haya convertido en una asesina, en la matadora de su propia esposa, y ese espantoso crimen haga inviables los sueños de amor largamente acariciados por ambos, los planes y proyectos que han ido forjando a lo largo de tantas tardes secretas. Planes y proyectos siempre aplazados y que ahora, sin embargo, por un momento, hubieran parecido realizables. De pronto, en un movimiento imprevisto, la mujer del chándal oscuro se zafa de sus vigilantes y se abalanza sobre el hombre que acaba de enviudar, se abraza a él, llora, musita entrecortadas palabras en las que pide perdón y confiesa sus celos y su crimen. Los guardias acuden a retirarla, pero ella se agarra a su amante, lo zarandea, grita desgarradoramente...
Entonces, el hombre que acababa de enviudar se despierta y ve que su esposa está a su lado, zamarreándolo y casi gritándole que se despierte, que ya hace mucho que ha sonado el despertador y llegará tarde a su trabajo. Sentado en la cama, mientras se coloca las zapatillas, el marido decide que tampoco ese día le comunicará a su esposa que ha tomado la irrevocable decisión de divorciarse. Quizá tampoco se resuelva —piensa mientras mueve la cucharilla del café con leche— a plantearle a la joven colega que desde hace ya más de un año es su amante que deben romper, que lo mejor para todos es que rompan, esta vez definitivamente.


1 Comments:
Me ha encantado.
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