Elena toca el claxon
“¿Dónde está la corbata amarilla?”, digo después de revolver por el armario abierto de par en par, después de haber ido desechando una tras otra las telas caprichosas que cuelgan del corbatero, después de estar ya vestido, duchado, limpio, enfundado en un traje de lino color crema, pero aún en zapatillas, “¿dónde está la corbata amarilla?”, he dicho en alta voz, pero sin gritar, sólo con una voz subida, como si estuviese diciendo el recitado de una ópera o de una zarzuela y el armario ropero, abierto de par en par, y contra el que he lanzado mi voz, sin volverme, fuese la boca de un escenario y los trajes, los pantalones, los abrigos, las camisas que penden ordenadamente en hilera de la barra fuesen los espectadores sentados también ordenada y pulcramente en el patio de butacas de un teatro pero no, claro, no lo he preguntado a esas prendas mudas e indiferentes, que me lanzan vaharadas de olor a alcanfor, sino a Lola, que no me ha oído, debe de estar en el piso de abajo así que vuelvo a engolar la voz, vuelvo a impostarla para no gritar pero para que pueda oírse a través de los tabiques y las puertas entreabiertas, a través de la escalera. “Lola, ¿sabes tú dónde está la corbata amarilla?” Debe de faltar una hora o así para el acto, según el programa previsto, según la invitación impresa y ya cursada, redactada con el formalismo y la pompa pasados de moda, con la solemnidad pueblerina que en los pueblos adquieren estas cosas:
El Alcalde Presidente del Ayuntamiento de Pedrosa
SALUDA
a Vd. y tiene el gusto de invitarle al solemne acto de nombramiento por la Excma. Corporación municipal como Hijo Adoptivo de Don Alberto Lozano Fuejo, eximio pintor y vecino de esta villa, así como al descubrimiento de la placa de la calle que se le dedicará con este motivo. Se servirá una copa de vino español.
A lo mejor no resulta tan pueblerina ni tan formalista, sino que así son estas cosas, en cualquier parte, sea en Madrid, en París, en Nueva York o en Pedrosa. La institución —sea cual sea—, es decir, el poder, siempre es solemne, necesita revestirse de unos ciertos atributos sin los cuales se sentiría desnudo, y con él todos nosotros, porque el poder es como un padre y no nos gusta ver a nuestro padre desnudo dando un espectáculo, casi todos preferimos que nuestro padre sea un señor correctamente vestido, que no resulte estridente ni vaya haciendo el ridículo, por eso nos gusta que el poder y quien lo ostenta —quien lo ostenta, claro— lleve corbata y no vaya despechugado en un acto de nombramiento de hijo adoptivo, aunque este hijo adoptivo sea un tipo como yo, es decir, un artista algo extravagante, un pintor con fama de bohemio y de rarezas, aunque no hasta el punto que no pueda ser designado hijo adoptivo o predilecto o para cualquier otro honor o distinción. El poder debe llevar corbata —quien lo ostenta, se entiende— aunque sea el poder municipal y espeso de Pedrosa. Yo he elegido una corbata de color amarillo con pequeños rombos violetas, una corbata que no encuentro porque soy un desastre para la ropa, Lola lleva cerca de veinte años cuidando de ella, lavándola, planchándola, ordenándola y colocándola en los cajones de la cómoda, del ropero y ahora viene, por fin, con la corbata colgando de la mano, diciendo “¿es ésta?” y saliendo silenciosa, embutida en un albornoz de baño, con una toalla reliada a la cabeza, aún no se ha secado el pelo, ni se ha vestido, todavía hay tiempo.
Todavía hay tiempo, pienso, mientras cuelgo la corbata amarilla y la chaqueta de lino color crema en el galán de noche, y enciendo un cigarrillo, sentado en el borde de la cama, en mangas de camisa, y dedico un instante a contemplar las volutas azules que salen del pitillo encendido que sostengo entre mis dedos. Oigo el secador de mano de Lola al otro lado del dormitorio, en el cuarto de baño. A Lola la conocí al principio de llegar yo a Pedrosa, aquel pueblo entre el páramo y la sierra, que entonces aún no habían descubierto los turistas, ni siquiera los veraneantes, y que yo había elegido, sin embargo, o precisamente por eso, porque era un pueblo pobre y solitario, donde las casas se cogían por dos duros, para refugiarme con mi pintura de paisajes desolados y sombríos, con mis bodegones de cebollas y cacharros de barro, con mis retratos de pastores y hortelanos con boina, ya hastiado, a mis treinta y cinco años, de la vida urbana, de la cucaña de las galerías de moda, de los marchantes y los clientes que apostaban por lo joven porque para ellos es sinónimo de lo barato, como una inversión a largo plazo.
En Pedrosa conocí a Lola. Ella vino a mi casa al principio sólo tres días a la semana, me dejaba comida preparada, limpiaba las habitaciones —menos el cuarto que tenía por estudio: allí no la dejé entrar nunca—, lavaba y planchaba la ropa. Era una moza limpia, hacendosa, callada. Tenía dieciocho años y una piel atezada y una carne prieta y deseable, que yo atisbaba a hurtadillas cuando se le subía un poco la falda al estirarse para limpiar el polvo de algún mueble alto o algún rincón poco accesible. Yo me dedicaba casi todo el tiempo a pintar, apenas salía de mi estudio, como no fuera para ir al campo a dibujar o tomar fotografías que luego utilizaría como punto de partida para algún paisaje. De Madrid recibía pocas visitas, a lo sumo una o dos al año, no eran visitas de amigos ni de parientes —no tengo ni lo uno ni lo otro— sino del dueño de mi galería entonces, que me recogía mi obra terminada. Siempre he sido un solitario, pero creo que mi “enterramiento” en Pedrosa —si así puede decirse— acentuó más si cabe esta propensión natural mía a la soledad.
En el mismo pueblo apenas si me relacionaba con nadie, ni hacía visitas regulares a ninguna casa —a pesar de que todas estarían abiertas para mí—, ni jugaba a las cartas en el casino. Todos me conocían, eso sí, todos sabían de mis idas y venidas, de cuándo había llegado el galerista y cuándo se marchaba. Y no lo sabían por mí, ni por Lola, que por entonces era la única persona que entraba en mi casa, ni porque me espiaran con catalejos ni tuvieran apostada vigilancia. En los pueblos todo se sabe, sin necesidad casi de investigarlo. Vuelan las noticias y los rumores por las calles, como los papeles que van rodando por esas mismas calles arrastrados por el viento, como el polvo que flota, que va y viene de un sitio a otro y se deposita —ese mismo polvo que ha estado en mi casa, por ejemplo— en el zaguán y el comedor de otra casa cualquiera del pueblo.
Y no es que yo fuera arisco, misántropo, despegado. Al contrario, a todo el mundo saludaba, e intercambiaba una breves palabras amables con cualquiera, y sin hacer remilgos ni salvedades, lo mismo con el cura que con el boticario que con la mujer que barría la puerta de la calle de su casa. Pero nada de confianzas ni intimidades. Cada cual en su sitio. Al fin y al cabo había elegido autoconfinarme en Pedrosa para no saber nada de nadie, o lo mínimo posible, precisamente para vivir solo conmigo mismo, con mis propios demonios y fantasías, para ser yo mismo y no un simple número de teléfono de la voluminosa guía de teléfonos en varios tomos de la gran ciudad a la que había llegado una vez, dejando atrás unos padres que sólo tenían a ese hijo que ahora se les marchaba a la ciudad y los dejaba escurriéndose hacia su ancianidad sin júbilo ni nuera ni nietos ni nada, esa ciudad en la que gracias a becas había desarrollado mis estudios, había luego dado mis primeros pasos como pintor titubeante, la abstracción, la vanguardia, el informalismo, el impresionismo, de todo un poco, aquí y allá, toda la historia de la pintura en varios años de búsqueda y tanteo hasta lograr por fin ver la luz al final del túnel de las amargas experiencias, esa síntesis de modernidad y tradición que los críticos señalaban en mi obra, esa mezcla de abstracción candente y figuración sombría, siempre la mezcla en mi vida igual que en mi pintura, la ciudad y el campo, la soledad y la comunidad, la cordialidad distanciada y fría, la verdad y el engaño, la sombra y la luz, la apariencia y la realidad, que son lo mismo aunque la gente crea lo contrario.
Ahora ha dejado de sonar el zumbido del secador de pelo de Lola. La noté muy pálida antes, cuando entró. Lleva varios días que la noto un poco rara. A veces, la he sorprendido llorando en la cocina, pero no me ha querido explicar nada. Me ha despachado de allí diciendo que son cosas suyas, que se acuerda de cosas y entonces le da por llorar. Tal vez se trate de estados propios de mujeres a ciertas edades críticas, aunque Lola no creo que ande aún por esos cerros. Tampoco creo que se deba a ningún problema o rozadura entre nosotros, nuestra relación siempre ha estado muy clara. Los dos hemos cumplido a entera satisfacción del otro nuestro contrato, nunca firmado, nunca rubricado ante notario o escribano alguno, con cláusulas meridianas pero nunca escritas, siempre he creído que lo que mejor funciona es lo que se da por sobreentendido, lo que no hace falta que se redacte ni se pegue por las paredes o en el tablón de anuncios. En el silencio es donde mejor se oye.
Yo he apagado la última brasa del cigarrillo y me he incorporado y puesto frente al espejo, con la corbata amarilla colgada del cuello, cayéndome a ambos lados del pecho de la camisa, pendiente de que me decida a anudarmela, pero miro mi rostro en el espejo o, mejor dicho, veo el rostro de un hombre en el espejo, no sé si soy yo, este yo que soy ahora y que se prepara para asistir a un homenaje en que lo nombrarán hijo adoptivo de Pedrosa y le dedicarán una calle, pero en todo caso sí parece ser el rostro de ese hombre que llegó aquí hace unos treinta años, que vivía sólo y al que una muchacha del pueblo le servía como criada, Lola se llamaba, fue objeto de la maledicencia pueblerina, servir en la casa de un hombre solo. La verdad es que no pasó nada, qué iba a pasar. Por lo menos los primeros meses no pasó nada, sólo eran tres días a la semana, la comida, la colada, la plancha, el polvo de los muebles, el desorden propio de un soltero y además artista, que Lola mantenía a raya —al desorden, claro— infatigablemente para que la casa siguiera pareciendo una casa normal y no una zahurda o una casa saqueada por el pillaje de la soldadesca de una guerra de invasión. Este rostro es el mismo, aunque haya envejecido es el mismo que miraba a Lola hacer las faenas de la casa, que la contemplaba en silencio, que la espiaba a lo mejor desde otra habitación mientras ella fregaba los platos en la cocina con los brazos arremangados y desnudos. O que la veía hacer el cuarto de baño, de rodillas sobre la tina, empeñada en dejar blanquísimo el esmalte que comenzaba a amarillear por culpa de los años porque la casa que alquilé y luego compré a una familia que había dejado el pueblo para residir en la ciudad no era nueva sino más bien una casa solariega y añosa, de grandes cuartos desvencijados, cuadra, patio, corral, doblado, sótano, una casa con diferentes atmósferas en la que uno podía cambiar de ambiente o de estado de ánimo con sólo cruzar de una estancia a otra, una casa demasiado grande para un hombre solo, una casa en la que sólo una mujer debía hacer el trabajo que otrora desempeñara, a buen seguro, un nutrido plantel de sirvientes.
Así que pronto pedí a Lola que viniera todos los días con el pretexto de que la casa necesitaba más cuidado, después de todo a ella le hacía falta el dinero, y además así trabajaría más holgadamente, sin prisas ni agobios y a conciencia. Lola no tenía obligaciones familiares, pues era hija única y huérfana de padre. Vivía con su madre en las afueras. Un día no se presentó a la hora habitual y algo más tarde supe por una vecina que la madre de Lola había muerto esa noche, más bien esa madrugada, parece que de un ataque al corazón, padecía del corazón desde hacía mucho tiempo y esta vez no lo pudo resistir. Fui a casa de Lola, a darle el pésame y ofrecerme para lo que hiciera falta (yo pensaba en los gastos del sepelio, pero me dio las gracias y declinó la oferta, la vaga oferta que en realidad no hice). Asistí al entierro, muy poco concurrido, por cierto, para lo que suele ser frecuente en los pueblos, y al día siguiente Lola vino a la hora acostumbrada, con las ojeras propias de quien ha dormido poco y ha llorado mucho, pero no más seria y callada de lo que solía estar, tal vez porque ya lo era —seria, callada, modosa, pero no seca o desabrida— normalmente. Más bien incluso intentó sonreír cuando le pedí que posara para mí algún día, no ese, claro, sino cualquier otro día, más adelante. Pero fue al día siguiente cuando comencé a pintarla. Hasta entonces sólo me había fijado en sus muslos entrevistos, en sus brazos desnudos mientras hacía las faenas de la casa, en su mata de pelo negro que le caía sobre el vestido también negro, pues solía ir vestida de negro, incluso antes de la muerte de su madre. Entonces, al pintarla, descubrí sus ojos color corteza de árbol, sus pómulos potentes, sus labios carnosos pero cuidadosamente dibujados que esbozaban una eterna sonrisa de desvalimiento y complicidad, su nariz delgada y algo picuda, y me fui familiarizando con sus rasgos, con sus posturas, con sus muecas inconscientes. No sé por qué, comencé a pintarla de blanco, a ella, que habitualmente vestía de negro o de colores oscuros. También la solía pintar con trajes de señora urbana de clase alta, a ella, que en realidad no era más que una muchacha de servir, una chica modesta que no había salido nunca de aquel pueblo entre el páramo y la sierra. Las sesiones comenzaban por la tarde, y se prolongaban a veces hasta bien entrada la noche. En esas ocasiones, yo la acercaba hasta su casa en mi automóvil, era entonces un SEAT 1.500 de color negro.
Una noche, en mitad de la calle poco poblada y aún más escasamente iluminada que conducía hasta su casa en las afueras, noté algo raro en la dirección del coche, que no respondía a los giros del volante. Habíamos pinchado. Cambié la rueda lo más rápidamente que me permitió la oscuridad del lugar y al llegar a su casa le pregunté si podía entrar a lavarme las manos, que llevaba aún manchadas de grasa y hollín. Lola me condujo hasta su dormitorio —¡la casa no disponía de un cuarto de baño ni, probablemente, de agua corriente!— y allí vertió en una palangana el agua de un aguamanil. Mientras yo me lavaba las manos, ella desapareció. Fueron tal vez sólo unos segundos los que permanecí solo en el cuarto. Pero cuando regresó Lola trayendo una toalla para que me secara las manos y me la ofreció, yo ya tenía mi decisión tomada: hice un gesto como de ir a tomar la toalla que Lola sostenía entre sus manos pero la dejé caer porque en realidad lo que asieron mis manos fueron las manos de Lola, que se dejó arrastrar por ellas hacia mi pecho, hasta que sus ojos cerrados estuvieron a la altura de mis labios, que bajaron entonces buscando su boca. Aún ahora que han pasado tantos años soy capaz de recrear las sensaciones de aquella y otras noches, de las noches de tantos años en que me he sentido vivo, tranquilo, satisfecho por causa de Lola.
Aquella fue la última noche que durmió en su casa. A la mañana siguiente la acompañe a recoger sus cosas y pocos días después pusimos un cartel anunciando su venta y con el dinero que obtuvo abrió, por mi consejo, una libreta en una caja de ahorros. Así iría reuniendo con el tiempo un pequeño capital, ya que también el sueldo íntegro lo ingresaba, no lo necesitaba, yo salía al paso de todos los gastos ordinarios, y que la dejaría a salvo de cualquier contingencia que pudiera ocurrir.
No hemos tenido hijos y, en realidad, nunca nos hemos casado. Oficialmente —y no sólo oficialmente, realmente— ella sigue siendo mi criada: cuida la casa y cuida de mí, que esté limpio, que no me falte de nada, que la casa esté recogida. Jamás, por supuesto, hablamos de pintura, ni de otra cosa que no sean los asuntos cotidianos y domésticos. Cuando recibo visitas, ella sabe pasar a segundo plano, aunque está atenta a todo lo que los invitados o yo mismo puedan desear. Si vienen mujeres —últimamente hay muchas mujeres galeristas y pintoras y estudiantes de Bellas Artes que viene a hacer un trabajo sobre mi obra—, Lola sabe dejar claro desde el primer momento que ella es la mujer de la casa, la que gobierna y rige, pero jamás me ha dado una escena de celos —por eso me extraña su actitud esto últimos días— ni ha puesto mala cara a nadie, porque ella es comprensiva y tiene un talento natural para darse cuenta de que los artistas tenemos a veces unas necesidades digamos especiales.
En el pueblo nuestra relación terminó por aceptarse. Tácita y sobreentendidamente, como es lógico. Las cosas que al principio sorprenden o extrañan, luego buscan su cauce. La gente intenta recordar modelos o formas antiguas que puedan servir de referencia para asimilar lo nuevo. Don Sebastián, el boticario, me dejó caer una vez, en el descanso de una cacería, al pie de un algarrobo donde paramos para tomar resuello, que yo vivía como un cura de los de misa y olla, vamos, de los de antes. Por supuesto, no mencionó a Lola. Yo me limité a sonreír y a cambiar de conversación. No me gusta hablar con los demás de mis asuntos particulares. Una cosa son las lluvias, o la cosecha del año, o la técnica de composición de un bodegón, y otra muy distinta la vida particular de cada quisque, que en eso nadie se debe meter y yo, desde luego, he logrado que nadie se meta en la mía.
Aunque últimamente no siempre ha sido así, debo reconocerlo. Elena, la farmacéutica que ha venido de la capital a sustituir a don Sebastián —el pobre murió hace año y medio de una apoplejía fulminante—, ignorando ostensiblemente las reglas no escritas pero bien observadas de Pedrosa, ha dado en meterse en camisa de once varas y más de lo que sería prudente o bien perdonable o comprensible, sobre todo teniendo en cuenta su juventud. Pero los jóvenes no se dan cuenta de que las cosas, como yo digo, son como son por algo. Los jóvenes quieren cambiarlo todo y suelen adherirse a las ideas más extrañas, creyéndolas más nuevas y por ello mejores. Que sabrá nadie de lo que a cada cual, en su fuero interno, o cuando cierra las puertas de su casa, le conviene. En los últimos meses, Elena ha aprovechado cualquier ocasión para sembrar —o intentar sembrar— en la cabeza de Lola buena parte de las ideas absurdas que ella trae bien aprendidas de la capital. Qué por qué no nos casamos civilmente; que ella tiene derecho a vivir con quien le plazca, pero no amancebada o, peor, como un mueble o como cualquiera de mis pertenencias. Todo eso lo sé por la misma Elena —Lola jamás se atrevería a referirme estas conversaciones—, porque también a mí me ha hecho objeto de sus sermones: que soy un machista, un moro redomado, que tenía que hacer nacido en los tiempos de la esclavitud, pero de esclavo... Yo le soporto sus reprimendas porque Elena es joven. Joven y guapa, todo hay que decirlo. Y a las mujeres guapas y jóvenes hay que consentirles mucho, darles mucha cuerda, para que ellas mismas se vayan enredando y fabricándose el nudo. Si conoceré yo el paño. Elena, además de joven y guapa, es una mujer audaz. Apenas conocerme ya me estaba tuteando y se llega por mi estudio sin previo aviso, con la excusa de traer unas medicinas, o de que le pillaba de camino para otro sitio, cualquier cosa.
El otro día me sorprendió al confesarme que, aunque, desde luego, estábamos en trincheras distintas, le caía simpático. Al parecer, le gustan mucho mis cuadros y también verme pintar. Claro que no por ello ceja en sus ironías y sus mordacidades en lo que hace referencia a mi relación con Lola. Yo finjo defenderme, aunque en realidad no necesito defensa ya que quién mejor que uno mismo para saber lo que le conviene. Medio en broma, medio en serio, le rebato sus argumentos uno por uno: Lola es libre de hacer lo que le plazca, entre ella y yo sólo hay una relación laboral, que puede extinguirse a iniciativa de cualquiera de las partes; por otra parte, Lola no depende económicamente de mí, en todos estos años ha debido de acumular un capitalito que le permitiría sacar una buena renta, sin contar que está dada de alta en la Seguridad Social. Elena se indigna ante estos razonables argumentos, o finge indignarse, y me llama hombre sin corazón y sin sensibilidad. A mí, que soy un artista. Hoy ha quedado en venir a recogernos, yo no quiero conducir hoy, para llevarnos al acto de mi declaración oficial como hijo adoptivo de Pedrosa. Seguro que es ella la que toca el claxon ahora mismo. A Elena la he pintado ya varias veces, lo cierto es que pasa las horas muertas en mi estudio, sirviéndome de modelo o viéndome pintar. Me gusta pintar mujeres porque es como conocerlas, comprenderlas. Es caso una relación física. Como los preliminares de un encuentro amoroso, cuando la pasión se demora en la mirada, y se van conociendo los pliegues de la piel, la geografía original de sus volúmenes, la orografía de sus relieves y salientes, sus hondonadas oscuras y abisales. Es como si la mirada acariciara. Se llega a amar aquello que se pinta. O tal vez se pinta aquello que se ama. O tal vez todo esto no es más que el acertijo del huevo y la gallina. No lo sé, yo siempre me he perdido en estas logomaquias y silogismos de fraile. Mi fuerza está en mis manos y en mis ojos, no en las palabras menudas, ni en los sentimientos vagos, que siempre me han parecido cosa de mujeres, y no es que yo tenga nada en contra de las mujeres, como Elena pretende algunas veces. Cada uno es como es, y yo conservo la mirada fría, el cerebro frío, incluso cuando me dejo llevar —y cómo no, siendo artista— por el ventarrón caliente de la pasión. Llevan razón los críticos: modernidad y tradición, abstracción candente y figuración sombría. Ventarrón caliente de tormenta y asidero firme en el timón, añado yo. Pero no siquiera de esto estoy seguro últimamente. Hay veces en que la seguridad se pierde y el timón se desmanda. Hay veces, por ejemplo, como ahora, cuando voy a recibir un homenaje —síntoma de vejez, no nos engañemos— y, sin embargo, oigo soplar el viento que derriba estatuas, el viento iconoclasta, el viento joven y húmedo que arrastra las hojas muertas. Lo mejor, desde luego, es que me deje ahora de cavilaciones y termine de vestirme, ya voy justo de tiempo.
Me anudo los zapatos. No quiero llegar tarde. Elena ha vuelto a hacer sonar el claxon. Espero que Lola baje pronto a abrirle porque me está poniendo nervioso tanto pitido. Lola nunca ha empleado tanto tiempo en acicalarse, está tardando demasiado en el cuarto de baño. Yo estoy aún haciéndome el nudo de la corbata, pero no puedo con tanto timbrazo, ahora Elena está tocando el timbre de la casa. Bajaré yo, qué remedio. “Lola, ¿estás ahí?”, he preguntado al pasar por la puerta del cuarto de baño, que está cerrada, es raro porque ni ella ni yo tenemos costumbre de cerrarla. “Lola, ¿estás ahí?” Ni Lola responde ni Elena deja de tocar el timbre. Haré que hago siempre que me encuentro en una situación difícil: una cosa después de otra. Primero bajaré a abrirle a Elena, después subiremos a ver qué le ha pasado a Lola.


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