Surtido de invenciones

de Enrique Baltanás Enrique Baltanás

Donde cae la nieve de los polvos de talco

Las fotos han salido al azar, de una caja, de un libro. Algunas son reproducciones de periódicos amarillentos, con nombres grandilocuentes y vagamente filantrópicos como El Defensor, El Porvenir, El Progreso... Pero debe de haber otras, a lo mejor son placas de vidrio olvidadas en cualquier archivo, a lo mejor son fotografías que nunca se llegaron a tomar, quién sabe, para el caso es lo mismo. Al llegar he visto la lengua fangosa del río lamiendo los juncos de las orillas, la cal desvencijada de los molinos. Los raíles hundiéndose en la negra boca con que la montaña bosteza, igual que bosteza el castillo desdentado y solitario, en la cima.

Las fotografías están desparramadas sobre el tapete azul, con bordados, de la mesa camilla. Algunas llevan la fecha sobreimpresa en la parte inferior, sobre un filete blanco, o al dorso. Pero la mayoría son fotos en sepia desvaída, en blanco y negro, y les falta la leyenda que las explique, que les devuelva el movimiento del instante en que se congelaron, hace ya tiempo. Quedan esas fotos, desvaídas, amarillentas, pero quedan también los recuerdos, es decir, una nube de imágenes volátiles, prendidas a la retina, que se acabarán conmigo, que irán cayendo como se van cayendo las hojas secas de los árboles en el otoño, de la misma manera que han caído otros como yo, y seguirán cayendo, iguales o distintos a mí, del mismo barro mortal en todo caso, y seguirán cayendo esas imágenes de las retinas y de las pupilas en las que un día se encendieron, nítidas y brillantes. Retinas y pupilas rotas, tragadas por la tierra, por esta misma tierra roja, por esta misma tierra amarilla, por estos sedimentos del mar antiguo, que ningún ojo pudo ver, que fueron formando, con la ayuda sigilosa del tiempo, estos porosos cerros de albero.

Es curioso que la tierra sea siempre la misma, y que nos vaya tragando, fila tras fila, y guardándonos en secreto en su silencio, estrato tras estrato, y que el tiempo varíe pero la tierra no.

Yo hubiera podido ser un viajero, haber vivido en diferentes sitios, de Europa o de cualquier otro continente, haberme ido, haber vuelto, o no haber vuelto, pero no, siempre he vivido aquí, entre estos cerros que la primavera viste del verde de los piedeburros, del morado de los lirios, del blanco de las varitas de San José. Ya no soy joven, pero lo he sido. He conocido rostros, familiares, anodinos, que se han ido marchando conforme llegaban otros nuevos, que se han vuelto igual de familiares con el tiempo. A diario me cruzo con gente de mi edad, con sus calvas brillantes, sus barrigas orondas, sus arrugas voraces, me llegan noticias de sus tumores, de sus arritmias, de sus diabetes, de sus divorcios, de sus despachos, de sus consultas, de sus tiendas. También a veces, de sus entierros. Y los recuerdo, en el colegio, con sus flequillos y sus guardapolvos, los puedo ver cómo se confiesan con el misionero de luengas barbas, cómo desfilan uniformados de marineros o de novias, como bailan el twist, con que melancolía adolescente escuchan “Michelle” o “Yesterday” en una habitación oscurecida.

Ahora la esperanza de vida alcanza ya casi a los ochenta, según las últimas estadísticas, y varias generaciones conviven durante bastante tiempo. Debe de ser eso. Debe de ser por eso por lo que yo permanezco aquí, recorriendo las mismas calles, las mismas plazas con naranjos, frente a los mismos edificios ennegrecidos y las mismas iglesias encaladas, anotándolo todo, escuchando despacio cómo pasa el tiempo, cómo arrastra con suavidad lo que a su paso encuentra, cómo lo empuja, amorosamente, hasta despeñarlo. Yo hubiera podido ser un viajero, un exiliado, un emigrante, pero he vivido aquí toda mi vida. Yo hubiera podido ser factor de la estación, revisor, maquinista. Hubiera podido ser panadero, hornero, maestro de pala, mozo chico, repartidor de madrugadas y aguardientes, con mi marchantería de mujeres con delantal y talegas abiertas, de mujeres con moña de jazmines en el pelo, saliendo del corral del vecinos, de criadas que sirven en casas de médicos o de abogados o de rentistas. O hubiera podido llegar aquí en el tren, como para una excursión a los pinares que motean de verde los alcores, o para ver a la novia, o para ocupar mi plaza de facultativo o de notario. En cambio, sólo soy un ojo. Un ojo insomne, abrumado por la luz, intentando penetrar en las tinieblas, filtrando imágenes que no sé ya si he visto o he soñado. Un ojo inmóvil clavado en el albero amarillo, verde, morado. En el albero en el que, poco a poco, va entrando, en busca de su estrato de silencio y oscuridad.

Según el almanaque, hoy es viernes diez de enero de mil ochocientos setenta y tres. En la estación, una piña de gente endomingada aguardamos la llegada del tren, en el que viajan algunos diputados, algunos senadores, algunos empresarios, acompañando al Jefe Político de la provincia. Ya se escucha el ronquido de la locomotora, que asoma su cabeza negra de monstruo metálico por su última guarida o cueva, que ahora llaman túnel. Pero yo no veré su llegada humeante. No veré el tren detenerse en el andén vociferante. Tampoco asistiré a la recepción en el Ayuntamiento. En realidad, ni siquiera sé si el convoy llega o es que sale de aquí, hasta Sevilla, y es en la estación de San Bernando donde espera un enjambre de gente endomingada. De lo único que puedo dar fe es que estamos en pascuas y los niños rodeamos al abuelo, que está dirigiendo la construcción del Nacimiento. El abuelo ha llegado con un saco del que ha ido sacando placas de musgo recién cortadas y cascotes de moco de hulla, que ha debido de recoger en los alrededores de la vía. Con la escoria del carbón y las placas de verdina, sobre un fondo de papel azul salpicado de estrellas, va modelando el abuelo, con nuestra ayuda, el paisaje rocoso y agreste de las grutas de Belén, en cuyas cercanías un río de papel de plata discurre entre el serrín poblado de figuritas de barro: pescadores, pastores que se calientan junto al fuego, magos y camellos camino del portal sobre el que pende, colgado con alambre del moco de hulla que es mismamente roca, un ángel alado que es también de barro pintado, con sus alas blancas y su túnica azul. Mientras cae la nieve de los polvos de talco sobre el Nacimiento. Polvos de talco sobre mi sueño. Polvos de talco sobre mi memoria, insomne.

El abuelo ha sido panadero en su juventud, y yo le he oído contar muchas veces su vida de repartidor de pan por la Macarena, por San Bernardo, por Triana. Entonces se repartía el pan por las casas. Los panaderos salían de madrugada de la tahona, cargaban las bestias en los vagones, luego subían ellos al de pasajeros y a las claras del día comenzaba su itinerario, tirando del ronzal, subidos a veces a horcajadas, o sentados a la mujeriega, entre las angarillas repletas de hogazas olorosas, de teleras crujientes que se bambolean al trote de la mula, de piezas de pan blanco, amasado y horneado por somnolientas manos durante la noche, dispuestas a caer blandamente en la talega que unas manos de mujer abren ante el panadero. En ese tren, el tren de los panaderos le llaman, hemos ido a la feria de Sevilla, o a ver las procesiones de Semana Santa, o al médico, o de compras a las tiendas de la calle Francos, de la calle Cuna, de Siete Revueltas. El tren une y acerca. El tren es lo que convierte al pueblo en un arrabal de la ciudad. El pasadizo que une la acrópolis con su alfoz, el corcel que horada al galope alcores y algaidas, que salta ríos, que vuela por el llano de campos de trigo, entre los olivares que cubren las lomas. Catorce kilómetros bordeando el riachuelo al que frenan una vez y otra las azudas de los molinos harineros. Media hora —catorce kilómetros— a través de haciendas y cortijos, entre el pueblo blanco y la sombra rosa y moruna de la Giralda.

Y es curioso que el tiempo varíe, pero la tierra no. Que el lugar sea el mismo. Y que, sin embargo, nada se detenga. Sobre los mismos cerros desfilan los franceses de Soult, los ingleses de Wellington, los legionarios de Queipo de Llano. Sobre estos mismos cerros irrumpen los bufidos de la locomotora de vapor, y las buenas gentes hablan del progreso en su periódicos de títulos grandilocuentes y vagamente filantrópicos, El Defensor, El Porvenir, El Adelanto. Y pasa el tiempo y el galope del progreso no se detiene ni se cansa. Al contrario, son otros lo que no pueden seguirlo, y el destino sella la suerte de un tren reumático y artrítico, que a duras penas cambia el vapor por el diesel, que intenta superarse en la metamorfosis metálica del tren en el tranvía de gasóleo. Pero llega el momento en que los raíles y las traviesas no pueden competir con los neumáticos y el asfalto. Hay quienes a esto ya no lo llaman progreso, sino desarrollo. O quizás deberíamos escribirlo con mayúsculas, DESARROLLO, pues tuvo o quizás tenga aún sus altares y sus templos, sus sacerdotes y sus devotos. No Apolo, no, simplemente Polo. Polo de Desarrollo. Polo de atracción. Polo de repulsión. Hay días en los que en el vagón sólo viaja el revisor. El reparto del pan ya no se hace en mulos, sino en carritos, a veces con motor. Los panaderos de Alcalá se alejan —polo de atracción, polo de repulsión— se dispersan, fundan hornos y tahonas en la ciudad, más cerca de la marchantería. Más lejos del molino, del río. Atracción, repulsión.

Yo no guardo esa foto —porque, en realidad, nunca la tomó nadie— en la que voy sentado en el tren, mirando por la ventanilla un paisaje cambiado, en el que las chimeneas van sustituyendo a los miradores de los cortijos, camino de la Facultad. Pero sí guardo el recuerdo como se guardan los recuerdos de amor. Creo que ya entonces era consciente de que aquellos viajes no pertenecían al orden práctico de las servidumbres de lo cotidiano, sino al de libre y suelto camino de los sentimientos.

La mayoría de mis compañeros viajaban en coche o en autobús. Y eso hacía que me sintiera diferente. Una bocanada de campo y de nostalgia, entre la casa familiar umbría y el edificio inmenso de la Universidad en el que tomo apuntes ilegibles que, en efecto, no volveré a leer. Muy poco duraron estos viajes elegidos, degustados minuto a minuto, olivo a olivo, fábricas, haciendas, rebaños, demorados por la lenta suavidad del tren que permite abandonarse entre la visión y el ensueño que se juntan, sin embargo, en el horizonte. Duraron demasiado poco, como el amor o el vino. Nunca me ocurrió nada en ese tren (lo siento, señorita, discúlpeme, no puedo contarle ninguna anécdota, a lo mejor no quiero contarle ninguna anécdota): tal vez me ocurrió todo.

Antes de acabar la carrera, el tren ya había dejado de prestar servicio. Pero la vías, las traviesas, los pasos a nivel, las barreras, el viaducto sobre el otro puente, el del río, la estación, la grava e incluso los trozos de moco de hulla han permanecido aún mucho tiempo disolviéndose, enmoheciéndose, en una ruina lenta e inexorable, bajo el sol del verano y las heladas del invierno, entre la floración salvaje de la primavera y las lluvias del otoño. Hacía tiempo que no se oía hablar de los muertos del tren, los suicidas que se arrojaban a la vía, los imprudentes o los sordos que no oían el silbato. Hace tiempo que no hay guardabarreras, ni factor, ni maquinista, ni pasajeros.

Apenas hace unos minutos que me he acomodado en mi asiento del Ave, ya tensado y reluciente en el andén de la estación de Santa Justa, preparado para iniciar su veloz carrera, a trescientos kilómetros la hora, que me devolverá a Madrid, en la estación de Atocha, en tan sólo dos horas de rasante vuelo. De nuevo es el progreso, el desarrollo, la modernidad: aunque ahora no se anuncien en periódicos de títulos retóricos y vagamente filantrópicos, El Progreso, El Porvenir, El Adelanto, sino de una manera mucho más visual, plástica, directa y, a la vez, mucho más sugerente. Se está cómodo aquí, uno se siente bien. Pero no dejo de pensar en el pueblo que dejo atrás, aquel donde nací y adonde he vuelto fugazmente, después de tantos años, a comprobar que sigue ahí la tierra, esperándome, mientras el tiempo la varía y la transforma, como me varía y me transforma a mí. Yo hubiera podido quedarme. O no, no hubiera. Atracción, repulsión. Ver la ruina de otros, ver caerse las hojas y crecer otras nuevas, iguales, cuál es la diferencia. Mi propia ruina, mi propia floración. Mis propias hojas, caer, reverdecer, hasta que el árbol se va volviendo leñoso, raquítico, insensible y ajeno a los cambios y mudanzas de la atmósfera, y se va dejando pudrir, vencer. Pero no pude. Yo tuve que. Las circunstancias me obligaron a. No fui árbol, ni hoja, ni torre, sino viento, nube, ojo. Pasaje, ventanilla, ojo. En todo caso, ahí está la tierra. Ahí está, todavía, ese tren, cruzando mis sueños. Tal vez bajo la nieve de los polvos de talco.

Antes de que el tren, este de ahora, arranque, me distraigo en ojear las fotos. Estas fotos las he tomado yo, no son las desvaídas fotos que he visto en la vieja casa, sobre el tapete azul de la camilla. Las tomé ayer, y una de ellas muestra el raíl doblado, descuajado, vuelto hacia arriba como buscando el cielo, en cuyo flanco exterior puede leerse, sobre el óxido cubierto por matorrales resecos: B.V.C. BOCHUM. 1883. 6. Y es un raíl que llegó desde Alemania, desde una fundición de Bochum, desde una lejana acería del Ruhr, donde la nieve cae sobre el carbón, a morir en un pueblo del alfoz de la ciudad. Un raíl tendido al sol, dormido, sin esperanza, sobre cuyo trazado anuncian los carteles que van a construir una carretera. Es curioso que la misma tierra acoja la mudanza imparable de los tiempos. Que urda con su ayuda continuas máscaras. Por eso resido en Madrid y vivo —de verdad o de mentira, en la realidad o sólo en el recuerdo, qué más da— en este pueblo. Por eso viajo en el Ave y sueño en el viejo tren. Que ya no existe. Pero quedan fotos, recuerdos, imágenes volátiles que se irán borrando, como ahora se desvanece la luz de este ojo que yo soy, poco a poco, conforme me voy alejando, Guadalquivir arriba, camino de Madrid.